Distancia: 3,8 km 

Dificultad: Baja 

Recorrido: Lineal 

Modalidad: A pie

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Para localizar el inicio del recorrido hemos de desplazarnos al castizo barrio de San Francisco, ubicado tras las murallas medievales y las puertas de Carlos V y Almocabar. Aquí podemos proveernos del agua que mana del pilar. Dejamos a un lado la espaciosa plaza del Ruedo Alameda –en el centro se alza la estatua de San Francisco, patrón de este barrio, rodeado de unos vetustos y viejos quejigos– y enfilamos la calle Torrejones, que pasa en su parte más alta junto al Predicatorio –en este pequeño promontorio solía predicar al pueblo fray Diego José de Cádiz, un beato cuyos restos reposan en una hornacina que se halla en el santuario de la Paz, a los pies de la Virgen de la Paz, la patrona de Ronda–, en realidad se trata de una torre, vestigio del acueducto romano que transportaba el agua a la ciudad de Arunda (Ronda) desde la cercana fuente de la Arena. Merece la pena asomarse para ver los restos de la canalización y admirar desde el mirador una de la mejores panorámicas de Ronda.

Proseguimos andando y al finalizar las últimas casas debemos girar en la segunda rotonda a la derecha, donde un panel informativo indica la dirección a la iglesia rupestre de la Virgen de la Cabeza. Desde aquí parten dos carriles, el de la izquierda  es el que marca el punto de partida.

Desde un principio nuestro camino, que está asfaltado, discurre entre muros de piedras que delimitan las parcelas colindantes, donde crecen olivos y almendros. Andamos por un terreno dócil y llano dejando a un lado y otro las entradas a las fincas, una de ellas se llama La Hoya de los Frailes. A medida que vamos avanzando vislumbramos nuevas panorámicas, sobre todo a la blanquecina línea de cumbres que cierran el horizonte. A este macizo, el más oriental del Parque Natural Sierra de Grazalema, se le denomina genéricamente como Sierra de Libar. Está constituida por rocas calizas, las cuales son muy permeables, eso motiva que contenga importantes bolsas de agua –acuíferos–  que almacena tras las lluvias y que dan pie a espectaculares surgencias como la del Nacimiento, en la Estación de Benaoján o la salida del río Gaduares a través de la Cueva del Gato. En este tramo observamos que el camino conserva su anchura máxima, y es que discurrimos por un vial público conocido como colada del camino de Ronda a Cortes de la Frontera.

Tras un descenso afluimos a una bifurcación, el ramal de la derecha es la continuación de la colada a Cortes y el izquierdo, el que debemos seguir, es el camino de Sijuela. Desde este momento el carril se estrecha y es terrizo –sirvan de hito una marcas de pintura azul–, además advertimos un cambio en la vegetación. Atrás quedaron los campos de cultivos y nos adentramos en unos terrenos cubiertos por la primitiva vegetación mediterránea, liderada por la esbelta encina, que se acompaña de retamas, zumaques, lentiscos, estepas, etc. Desde está posición atisbamos a nuestra derecha el cuadriculado cerro Mures, que alberga en su cumbre un lentisco arbóreo –visible y recortado sobre el cielo–  que por sus dimensiones ha sido incluido en el catálogo de árboles notables de Andalucía. Algo más a la izquierda se yerguen dos cumbres gemelas y puntiagudas que se resultan ser el cerro Hacho, conocido jocosamente en Ronda como: Tetas de Montejaque. Dejamos a la derecha la entrada a la finca Santa Rita.

Por el margen izquierdo del camino empiezan a surgir los primeros cortados rocosos, que desde ahora nos acompañaran en todo el recorrido. Escasos metros después, podemos hacer una parada junto al “corral natural de tajos” que se elevan sobre el carril; en una de las grietas hallamos la conocida cueva de los Aviones, de difícil acceso y poca profundidad. En el lado contrario existe una alberca frecuentada por vacas, caballos y gallinas. Continuamos hasta un nuevo cruce de caminos: a la derecha, junto al poste de luz, parten una pista hormigonada y un estrecho carril, nosotros avanzamos al frente rodeados de encinas y quejigos, destacando una encina pequeña que se yergue sobre un redondeado montículo pedregoso situado a nuestra diestra.

Proseguimos descendiendo hasta pasar junto a una casa abandonada que tiene adosada una torre de piedra –habitual por estos lares–, que parece ser cumplió la función de guardar y proteger el grano de trigo de la humedad de la tierra y de las alimañas. A continuación cruzamos un arroyo, normalmente seco, pero jalonado de enormes chopos. Tras dejar la cancela de acceso al hotel rural La Cazalla, afluimos a una plataforma donde finaliza el carril. Dejamos a un lado la entrada a una finca particular y pasamos por la angarilla –con la precaución de volver a cerrarla– que da acceso a un sendero.

Afrontamos el tramo más bonito de todo el recorrido, ante nuestros ojos se abre un espectacular paisaje de tajos y cortados adornados de variada y profusa vegetación; el camino aparece en algunos tramos empedrado, según algunos autores es de tiempos romanos, aunque lo más probable es que sea de origen medieval. Pronto llegamos a un elevado otero, quedando a nuestra derecha los restos de una era conformada por piedras anchas y planas. Desde aquí observamos el trazado del sendero que se adentra en el barranco por donde discurre el arroyo de Sijuela. Nada más descender unos metros podremos observar, cerca del arroyo, una curiosa piedra, que por su forma de abanico abierto, ha dado nombre a todo este paraje. Cerramos la angarilla que acabamos de pasar y nos encaminamos hacia el cañón que da frescor al ambiente; también aparecen nuevas plantas, como el aromático romero, el tomillo, las cornicabras que se aferran a los cortados, el majuelo, algunos madroños en zonas umbrosas y la adelfa que tapiza los márgenes del arroyo, el cual debemos vadear. Dice una leyenda que en este paraje fue abatido el ejército romano en una emboscada del jefe de la resistencia lusitánica: Viriato. Lo cierto es que este lugar ha sido escenario para el rodaje de varias películas de temática andaluza y series como: Curro Jiménez. La última sobre la ópera Carmen de Bizet, cuyo principal protagonista fue el tenor Placido Domingo. Finaliza la ruta junto a la cueva del Abanico, de grandes proporciones y poca profundidad. Al igual que el Tajo de Ronda, estos cortados están constituidos por una roca conocida como “molasa”, –formada por areniscas y conglomerados– que ha sido modelada por la acción erosiva del agua, dando lugar a formaciones como la que vemos frente a la cueva. El regreso nos deparará agradables sorpresas, con nuevas perspectivas y espléndidas panorámicas.